Hace unas semanas estuve trabajando fuera y un día, tras el horario laboral, decidí salir a dar un paseo por la bonita ciudad de Santiago de Compostela.

Por las calles del casco antiguo descubrí el encanto de los pequeños pueblos, esta vez en la ciudad, reflejado en su gente, en la manera de hablar de las personas de allí, en la curiosa forma de las tiendas del lugar, en los comercios caseros, en las aceras rocosas… y en los guiris que venden recuerdos típicos.

Sí, entré en una tienda de recuerdos, ésas en las que siempre encuentras la misma bruja y el mismo cenicero, pero con diferentes letras después del “Recuerdo de” (o “Rdo. de”, según el tamaño del objeto en cuestión).

Mike, un simpático joven de origen cualquiera excepto gallego atendía en el mostrador rodeado de camisetas del tipo “Alguien que te quiere mucho estuvo en Santiago y se acordó de ti”. Me disponía yo a pagar mis graciosas ranitas de la suerte, con su imprescindible “Rdo. de Santiago” (no eran muy grandes) cuando vi unas diminutas escobas en una cajita, con un letrero en el que pude leer:

“Escobitas de la fortuna. Garantía de un año”
 
Empecé a curiosear y Mike, como el buen comercial en el que se estaba convirtiendo, me explicó qué era eso que mi cara decía que me extrañaba ligeramente.Es curioso, son unas escobitas hechas con hilos de paja, un palito y una cuerdecita que cuestan sólo un euro. La tradición dice que deben llevarse siempre dentro del monedero y, que si lo haces, te darán suerte en tu vida. Además, si en un año no ha cumplido su labor, puedes volver a la tienda y, acogiéndote a la garantía prometida, devuelves la escobita y ellos a cambio te devuelven tu dinero.

Él me contó que tenía una desde hace tres años y que aún la conservaba, así que yo, como andaba en tiempos de crisis, me compré otra que fue directa al monedero. Ahora la llevo siempre conmigo, al ladito de las monedas. Dentro de un año os diré si tengo que volver a por mi euro o si puedo tirar el ticket.