Resulta curioso descubrir los orígenes de una empresa y ver su evolución en el tiempo. Conocer sus primeros pasos, sus primeros productos, sus primeros éxitos, y cómo poco a poco se hace un hueco en el mercado.

Hoy he tenido, en una misma sesión, dos sensaciones completamente contrarias. He asistido a unas charlas en las que un gigante de la tecnología y los servicios nos hablaba de la empresa, del trabajo allí, de la visión que deben tener sus empleados y la manera en la que deben afrontar su día a día en ella. He oído la palabra “cliente” más de quince veces, parece ser que un buen trabajador debe vivir por sus clientes, pero no sólo por ellos, también por por su empresa, claro, no nos olvidemos que la empresa la componen los trabajadores.

Todo nuestro tiempo está dedicado a la empresa, todo nuestro esfuerzo es por el bien de la empresa, todo nuestro conocimiento se lo cedemos a la empresa, y todos los méritos… son para la empresa. Porque la empresa nos quiere y nos cuida, ¿por qué? ¿por nosotros? No, por ella. La empresa es egoísta, ¿por qué no debemos serlo también nosotros?

Que no me coman la cabeza, que no me digan que la empresa es lo más importante, que no me digan que su objetivo es que yo esté bien, cuando su objetivo es que yo produzca. Que no me mientan por favor, no lo pintéis todo de color de rosa, cuando el color verdadero es un verde tirando a marrón. Porque las cosas no son tan bonitas como se pintan, y ni tú miras por mí, ni yo tengo porqué mirar por ti.

Parece que a todo el mundo le gusta trabajar en una gran compañía, parece que en ellas todo es mejor, pero echas un ojo al pasado, ves sus orígenes, cuando eran cien empleados y no doscientos cincuenta mil, y entonces, te gustaría que las cosas fueran así, que la empresa fuera como era, que las personas tengan el valor de personas, y que si tú eres egoísta, no me digas a mí que no lo sea, porque eso no es ético. O todos o ninguno, pero que nadie juegue con trampas ni ventajas.